Hace no mucho, fui invitada a una boda en Segovia. Era la primera vez que iba a una boda acá en España (yo soy de Buenos Aires) y-para ser sincera-estuve la semana anterior al evento muy expectante. No sólo por lo típico: vestido, peluquería, etcétera, sino porque estaba ansiosa por ver cómo iba a desarrollarse todo este suceso.
Les doy más datos para que se sitúen. La boda -como ya dije- era en Segovia pero los novios de un pueblo cercano. Fue en pleno verano, por la tarde y hacía mucho pero mucho calor. Debo confesar que fue toda una experiencia y que al final de la noche, de regreso a Madrid no tenía palabras para describir lo que había vivido hasta que vi sobre la estantería de mi habitación un libro que estoy utilizando para mi tesis y que se titula “Almodóvar y el Kitsch español”. Lo hojeé y descubrí un aspecto de la cultura española que no había tenido en cuenta hasta ahora.
La palabra Kitsch es de origen alemán y se utilizaba para designar la acción de fabricar muebles nuevos con muebles viejos, es decir, falsificar. Este sentido se fue extendiendo y ha llegado a todos los idiomas hasta adquirir un significado más o menos relacionado con la cursilería. Pensemos en Andalucía y en todas las festividades de carácter religioso, los trajes y demás y estarán de acuerdo conmigo en que tienen un gusto un tanto agarrotado, sobre todo por la influencia de la cultura árabe que es muy barroca.
Para ejemplificar mejor aún esto, les contaré algunas de mis experiencias en la boda. Para empezar el look de las mujeres era impresionante. ¡Yo me había ido con un sencillo vestido y unas sandalias! ¡Peinada al viento! Lo de estas mujeres era para escribir un libro. Unos peinados que no sé podía distinguir si la mano de obra era producto de un secador, una batidora o el huracán Katrina. La que había optado por el clásico moño brillaba en la oscuridad a causa de la laca (¡el agujero que se habrá hecho ese día en la capa de ozono!) Después el maquillaje. Antes de hablar de las caras pintadas a brocha, he de alabar ese maquillaje que no se va ni con cuarenta grados a la sombra (tendría que haber preguntado la marca) La tendencia general era carmín y pimentón. El problema es que nadie debería maquillarse en el espejo del baño, donde sólo te ves la cara porque después pasa lo que pasa: la cara marrón Caribe y el cuello blanco Soria. Ahora pasemos a los vestidos. He de decir que he visto de todo, lo que más me ha llamado la atención fue:
- Vestidos largos en pleno agosto: por las calles del pueblo iban todas las señoras levantando tierra como en una estampida de búfalos.
- Los chales: ¡HOLA! Estamos en 2008 los chales no se usan más. Y menos que menos cuando tu vestido es de pedrería y tu chal escocés.
- El primer premio se lo lleva una señora que iba de riguroso turquesa. TODA ella estaba conjuntada en un turquesa chillón que partía de los zapatos hasta el moño. Estaba para mandarla a trabajar con los Muppets.
Dicho esto pasaré a mi segunda observación (la verdad es que podría escribir un tomo pero por cuestiones de espacio y tiempo resumo) que son los bailes regionales. ¡Señores! ¿Hasta cuándo van a poner jotas y sevillanas en las bodas? De acuerdo, es típico de acá pero… ¿toda la noche? Lo dicho, mientras me tomaba en la barra un “whiscola” (ya todo era lo suficientemente bizarro sin alcohol, con alcohol fue una experiencia surrealista, ahora entiendo algo: Dalí habrá ido a muchas bodas) veía a sexagenarios agitar los brazos al ritmo… bueno, a un ritmo, aunque no sabría definir bien de qué. Como corolario, tengo que decirles que si los invitan a una boda en España vayan sin dudarlo, y si es en un pueblo, ¡mejor! Como recomendación personal: miren las películas de Carmen Sevilla que pasan por TVE los sábados a la tarde y copien su estilo. Es la única forma de estar in. Ya saben lo del dicho: Donde fueres, haz lo que vieres. |